dimecres, 18 de gener del 2017

¿Tenemos la calidad suficiente para usar los espacios públicos de calidad?

La foto es de Frank Kallenbach
Final de la conferencia  "Espacio público: idealismo y verdad", pronunciada en el Congreso Arquine, en Ciudad de México, en marzo de 2012. 


¿TENEMOS LA CALIDAD SUFICIENTE PARA PODER USAR LOS ESPACIOS PÚBLICOS DE CALIDAD?
Manuel Delgado

En resumen. El diseño de ciudades desde la arquitectura y el urbanismo ha recibido de las autoridades y las minorías dirigentes el encargo de caracterizar, diferenciar y calificar formalmente los mismos territorios sobre los que ellas actuaban pedagógica, jurídica y, en última instancia, policialmente. Su tarea ha sido la asignar y distribuir plusvalías simbólicas, una serie de valores de alguna manera superiores a los espacios urbanos, rescatándolos de su opacidad crónica, redimiéndolos de lo tenían de paradójico, contradictorio, fragmentario… Objetivo: convertir lo que era –la maraña gestionada desde dentro de aconteceres que conoce la calle– en lo que debía ser, esto es la sustantivización espacial de los ideales del igualitarismo democrático oficial. Consecuencia al fin de la percepción de que ese espacio público como marco de y para lo social no como estructura, sino como proceso permanente e inacabado de estructuración, es justo casi lo contrario del espacio público al que se refiere la ilusión ciudadanista, que no puede ser más que una quimera que nadie ha visto ni verá jamás en realidad, sueño imposible de una clase media universal que desearía vivir en un mundo todo él hecho de consensos negociados y de intercambios comunicacionales puros entre seres libres, iguales y responsables, un mundo sin desasosiegos, sin sobresaltos, sin luchas.

El espacio público que está y siempre ha estado ahí afuera –la calle, la plaza– no es el mero resultado de una determinada morfología, sino ante todo de una articulación de cualidades sensibles que resultan de las operaciones prácticas y las esquematizaciones tempo-espaciales en vivo que procuran sus usuarios. En ese espacio el conflicto es un ingrediente casi consustancial. Es más: vive de él, se alimenta de lo mismo que no deja nunca de alterarlo. En el idealismo del espacio público que manejan las retóricas filosófico-políticas –y al que remiten la mayoría de intervenciones sobre la ciudad a cargo de profesionales— el conflicto es inconcebible, puesto que ese espacio público en que sueñan, sobre el que legislan y que planifican, existe para negar y mostrar como monstruosa su mera insinuación. En él sólo caben aquellos que estén en condiciones de confirmar la ficción de un terreno neutral en el que segmentos sociales con identidades e intereses incompatibles han decretado una tregua indefinida en sus antagonismos.

Por supuesto que, en ese contexto, las operaciones proyectuales destinadas a generar “espacios públicos de calidad” no hacen sino brindar un nuevo vehículo de expresión y actuación a la antigua agorafobia de los poderes, siempre ávidos por domeñar lo urbano como máquina azarosa e imprevisible, verdad palpable siempre predispuesta al desacato, nunca plenamente gobernable. Se sabe que una ciudad sólo puede ser puesta a la venta si se ha sido capaz de pacificarla antes, de demostrar que está dispuesta a someterse y obedecer. Para ello ha sido dispuesto ese nuevo artefacto categorial que es el “espacio público”, del que políticos y filósofos brindan la ideología y al servicio del cual, en orden a su reificación física como lugar, los diseñadores de ciudad conciben formas, imponen jerarquías, distribuyen significados, determinan o creen determinar usos. Pero, indiferente a teorías, planos y planes, a ras de suelo, afuera, mientras tanto, nada puede impedir que continúen multiplicándose los trasiegos y entrecruzamientos infinitos de cuerpos y miradas, el merodeo de las multitudes, la amenaza de lo inconstante, todo aquello que hasta no hace mucho nos atrevíamos a llamar sencillamente la calle.




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