dijous, 12 d’abril de 2018

Culturas dislocadas

La foto es de Matt Weber
Reseña de Itinerarios transculturales de James Clifford (Gedisa), traducida por Mireya Reilly, publicada en el suplemento Babelia de El País el 28 de agosto de 1999.

CULTURAS DISLOCADAS
Manuel Delgado

A lo largo de los años ochenta, y bajo la influencia del pensamiento postestructuralista francés, fue gestándose entre los antropólogos norteamericanos la exigencia de una revisión de los postulados que hasta entonces habían orientado su disciplina. Se trataba de cultivar, frente a las pretensiones cientifistas más ortodoxas, una nueva ironía, una suspicacia ante la palabra, una voluntad de enfrentarse a las miserias de la representación, la asunción –también en antropología– de la escritura como una forma de consciencia. Se abrió paso así la corriente postmoderna en estudios culturales, cuya obra fundacional fue, en 1986, las Retóricas de la antropología, una compilación de artículos a cargo de James Clifford y Georges Marcus (Júcar, 1991). Del primero hemos podido seguir de cerca la evolución a través de las versiones de su Dilemas de la cultura (Gedisa, 1995) y ahora, de la mano de la misma casa, de su último libro, Itinerarios transculturales.

Clifford nos invita a continuar cavilando acerca de las posibilidades de la antropología frente a unas unidades de conocimiento –las culturas– que aparecen hoy fragmentadas, expandidas, sobreponiéndose unas a otras, conectadas físicamente o a distancia, en agitación permanente, muy lejos de lo que dicen que un dia fue una territorialidad clara. Hasta los más remotos indígenas aparecen hoy detentando formas insólitas de cosmopolitismo, receptores y emisores de todo tipo de préstamos costumbrarios o cosmovisionales, al tiempo que la globalización generaliza paradójicamente el contrabandeo entre universos humanos moral o espacialmente muy alejados unos de otros. Difícil en ese contexto, marcado por el temblor de las culturas, continuar insistiendo en practicar la etnografía a partir de los cánones del viejo trabajo de campo, basado en la localización de cada comunidad estudiada en un territorio restringido al que se la supone limitada. La antropología debería, por ello, imitar tal vez la naturaleza intranquila y móvil de ese objeto que ya sólo puede ser reconocido desplazándose físicamente o a lomos de la tecnología o del mercado.

Este tipo de reflexiones aparecen en este libro organizándose en tres apartados. En el primero, «Viajes», se invita a pensar en esa dimensión dislocada de las culturas humanas y se sugiere una pregunta: ¿cómo se puede hacer trabajo sobre el terreno cuando ese terreno ya no es un sitio? En el segundo se muestra cómo los museos y las diferentes estrategias que los definen se relacionan con ese cuadro marcado por la incerteza, la ambigüedad y la inestabilidad, muchas veces en clave de negación, de resistencia a admitir que el sueño de una plena organicidad social y cultural es ya del todo inviable. En algunos momentos, este recorrido intelectual parece renunciar del todo al lenguaje académico-profesional y se abandona a una pura diletancia literaria, cuya vocación especulativa le da a la obra un cierto tono experimental.

La última parte se titula «Futuros» y en ella se aborda tanto el pasado como el porvenir de esa promiscuidad de la que ningún grupo humano parece poder librarse en la actualidad. Hacía atrás, Clifford nos conduce hasta ejemplos –la colonización rusa de California a principios del siglo XIX– de hasta qué punto la hibridación cultural no es en absoluto un fenómeno exclusivo de la era postindustrial. Hacía adelante, el autor apuesta por un optimismo de la voluntad que contrasta con el pesimismo de las evidencias, y que se funda en la esperanza de un triunfo final de los monstruos culturales, esa creativa distorsión civilizatoria a que la especie humana aparece entregada y que encuentra en la inestabilidad una paradójica fuente de equilibrio. Constatación, al fin y al cabo, de que el gran proyecto de homogeneización cultural a nivel planetario acaso puede darse por irrevocablemente malogrado. La diferencia acecha. Espera la hora de su revancha.





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